No me voy a curar mañana.

Me voy a curar, seguro.

Pero no será mañana.

Es algo que me digo muchas veces en la soledad de la noche. Soledad relativa, porque tengo a Loki durmiendo conmigo. La noche trae muchas cosas: oscuridad, silencio, pausa… pero sobretodo siempre trae un mañana.

Y me curaré, un mañana de estos. No sé cual. Ese día que me levante es posible que ni siquiera me de cuenta de que estoy curada. A veces con las enfermedades pasan estas cosas. Que cuando estás bien no te das cuenta.

Al principio no era muy clara… pero si se dejaba entrever en redes sociales (instagram y twitter) que no estaba pasando una buena racha. Luego llegó el post en el que preguntaba por mi alegría y finalmente “salí del armario” con no soy una superwoman.

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En junio empecé a hablaros de “mi roca” no quería ponerle nombre porque tampoco sabía muy bien cual era. Es un malestar que he ido arrastrando durante prácticamente toda mi vida. Ha habido temporadas en las que he estado tan bien que ni recordaba lo que era una piedra, y otras veces solo podía ver rocas por todas partes.

Tengo muchas taras, como todos.

Tengo muchas taras. He vivido situaciones que me han dejado heridas que han sido difíciles de curar. La he cagado en algunos momentos decisivos. He optado por la salida fácil en vez de la correcta… lo normal que hace todo ser humano, supongo.

Y todo esto me ha llevado a mi situación actual. Me han dicho que tengo depresión grave y ansiedad generalizada. He ido a un médico para que me lo dijera, bueno, en realidad a más de uno, porque estoy buscando “el adecuado”.

Esto en tratamiento farmacológico y terapéutico. También estoy buscando al terapeuta adecuado. Vengo con muchas taras atrasadas y no me vale uno que se centre en ponerme un parche para lo de ahora.

Soy madre. Aunque me cuesta más tiempo y más esfuerzo, quiero una solución a largo plazo. Arreglar las cosas. Conseguir herramientas. Aprender a pedir ayuda. Ser más asertiva.

Sé que tengo estos temas enquistados y cronificados porque los he dado carpetazo para seguir adelante. Pero esta vez quiero hacerlo BIEN, por mi y por Loki…

Aquellos a mi alrededor.

Estamos acostumbrados a preguntar “¿Qué tal?” sin más para iniciar conversación. Yo lo entiendo y normalmente lo tomo como tal, una forma de entablar una conversación cualquiera.

Si la persona es de confianza, y sabe de mi situación puede preguntar más concretamente por cómo lo llevo, y puede hacer preguntas como:

  • Pero tú… ¿como estás?
  • ¿Cómo te encuentras?

Otros, también en confianza pero con algo de miedo, creo yo… hacen preguntas, de otro estilo:

¿Ya estás mejor?

Y esta pregunta hace daño. Aunque venga con buena intención. Porque impone mucha presión en quien contesta.

Puede que hoy tenga un día especialmente malo, justo cuando preguntas, y quiera decirte que no, que llevo 2 ataques de ansiedad, que quiero meterme en la cama y no salir en una semana. Pero no puedo porque tengo que buscar a mi hijo en la guarde y pasarme la tarde jugando con él. Porque lo quiero tantísimo que guardo toda mi energía para que él sea feliz cuando está conmigo.

Así que sonrío y contesto un insípido:

Bueno, ahí vamos.

Para tranquilizar a la otra persona.

No me preguntes si no quieres una respuesta.

Por favor, si no quieres una respuesta sincera o no estás preparado/a para recibirla, no la hagas. 

Las enfermedades mentales no se curan de un día para otro. Los resfriados no se curan de un día para otro. Hay enfermedades que no tienen si quiera un tratamiento concreto o cura.

Mi estado actual es un cóctel emocional de intensidad variable, que no puedo controlar ni soy capaz de valorar. No sé como me voy a levantar cada día. Puedo pasar de neutra a ansiosa o deprimida por completo a lo largo del día. Varias veces. Pongo todos mis esfuerzos en parar los pensamientos negativos. No rumiar las ideas absurdas catastróficas. Darle la vuelta a los hechos para fijarme en algo más allá de los detalles negativos y conseguir ver la situación general.

Todo esto me cuesta mucha energía, lo hago en silencio, no lo cuento, es una lucha interior. Una lucha constante. Contra mi. Y es complicado.

A veces me canso de luchar conmigo porque soy muy convincente y la roca se hace más grande, pesa más. A veces tengo tan poca energía que simplemente me hago una bolita al lado de la roca.

Si no puedes con la respuesta, si no estás preparado o preparada para contenerme si me echo a llorar. Si no vas a empatizar con lo que te cuento… no me preguntes.

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No me metas prisa para curarme.

Si quieres preguntarme para demostrarme que te preocupas, pero no puedes con la respuesta, no me hagas afirmaciones solapadas. Deja atrás los:

  • Tienes mucha mejor cara.
  • Te veo más alegre.
  • Pareces más animada.
  • Oye, te noto mejor.
  • Ya lo llevas mejor todo, ¿verdad?

Ya es suficientemente complicado vivir con mi propia presión para mejorar como para tener la de otros. Cada vez que miro a Loki quiero estar mejor ya. Cuando miro a Natsu y sé que se preocupa por mi, quiero estar mejor ya.

¿Donde puedo firmar para estar curada mañana?
Es imposible. Yo lo sé y tú deberías saberlo.

La presión y los objetivos poco realistas son una gran parte de que esté en este estado. No porque me los hayan impuesto las personas que me preguntan, me los he puesto yo.

Poner las expectativas muy altas, decidir que yo puedo con todo sola, no pedir ayuda… todo eso no es bueno. Para mi ni para nadie. Y esas afirmaciones solapadas de preguntas hacen mucho daño. Por favor, evítalas.

¿Y entonces qué? Alternativas:

Es difícil decir qué hacer. Porque cada persona pasamos por este proceso de forma distinta. Algunos preferimos contarlo, otros no. Hay gente que siente alivio al hablarlo, otros prefieren dejar eso con el terapeuta. Así que, quizás, preguntar a la persona qué prefiere, es lo ideal.

Igual que digo lo que “no” me gusta dar opciones de lo que “si”.

Cosas que puedes hacer en vez de preguntar a la persona por cómo se siente, por su tratamiento o su situación…

  • Preguntarle si hay algo que le apetece hacer y acompañar: una de las cosas que recomiendan es retomar actividades placenteras y en compañía es más fácil.
  • Ofrecerle ayuda con alguna tarea/recado: estas personas no solemos pedir ayuda, así que ofrecerla pone la ayuda un paso más cerca.
  • Enviar de vez en cuando algo gracioso: mucho mejor un gatito que frases positivas. Lo primero puede provocar  una sonrisa, lo segundo puede poner más presión.
  • Seguir avisando cuando hay un plan: las personas solemos retraernos en casa, en nuestro interior y declinamos planes y salidas grupales. Sé que es fácil cansarse de invitar. Por favor, no dejes de hacerlo.
  • Recomendar/prestar/regalar un buen libro: no hace falta que sea un final feliz ni algo de autoayuda. Un libro que enganche, algo que saque a la persona del bucle mental que tiene.

 

Y… si tú, que me lees eres una mamá que está pasando por esto mismo, te animo a unirte al grupo de Facebook que he creado hace poco donde otras mamás hablamos sobre cómo nos sentimos y nos damos ánimos en el día a día:

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