Duele empatizar contigo

La maternidad me ha enseñado a empatizar.

En este “nuevo” mundo que he conocido al ser madre he descubierto una parte de mi. Embarazada me encontré a mi misma llorando al ver partos de mujeres que no conocía, llorando con vídeos de bebés y su primer enganche al pecho, llorando con anuncios de la tele, llorando con testimonios en Internet…

Si algo me ha ocurrido durante el embarazo, el parto, y mi maternidad es que las emociones se han convertido en mis compañeras constantes.

Cuando eres madre te conviertes en madre de todos los niños.

Esta frase me la dijo una gran amiga y yo no lo entendía… Embarazada empecé a tener ese sentimiento, pero no podía nombrarlo. Luego tuve a Loki y lo comprendí.

La semana que nació Loki me hice socia de Médicos sin Fronteras. No podía soportar ver en la tele niños pasando hambre, en situación de necesidad, niños refugiados, alejados de sus padres, su familia…

Ponía las noticias y tenía que cambiar de canal. Ahora prefiero leerlas y saltarme lo que vea conveniente. Me sentía impotente ante el mundo… no podía hacer nada. Así que doy dinero para que otros hagan algo.

Lo sé, es una forma de lavar mi conciencia.

Podría ofrecerme de voluntaria en asociaciones, podría dar más dinero… Donar mis cosas, vivir con menos… No voy a dar lecciones de altruismo a nadie porque no soy una santa. No escribo para sacudir la conciencia de nadie (a parte de la mía).

Entre empatizar y la tolerancia.

Quizás hubo un cambio hormonal que me desatascó alguna tubería en el cerebro. Antes veía las noticias con esas fotos y vídeos que tanto les gusta enseñarnos a los medios. Y no sentía ni la mitad de lo que siento ahora al verlos.

Me tenía por una persona empática. Soy psicóloga, debería ser empática.

Es como si hubiera tenido unas gafas que me filtraban la realidad, o como si hubiera vivido drogada… Quizás estoy drogada ahora hormonalmente y lo que tengo son las gafas de la maternidad y es justo todo al revés.

El caso es que he descubierto que era insensible ante el dolor y las necesidades ajenas. Y no me siento nada orgullosa, me da mucha vergüenza admitirlo.

Pero la cosa no queda ahí, soy peor persona.

Destapando la tubería: apoyo cesáreas.

Después de mi cesárea de urgencia, con todas las hormonas revueltas, un bebé dependiente, mucho dolor y la imperiosa necesidad de que alguien validara todas las emociones tras aquella vivencia encontré Apoyo Cesáreas.

Entré por mi dolor, mi necesidad, creyéndome el centro del mundo. Y empecé a leer las historias de las demás mamás. Se me cayó el mundo encima. Mi cesárea fue una experiencia muy intensa, pero fue respetada. Los profesionales me trataron muy bien, no me separaron de mi bebé, nos dieron tiempo a solas… Entre esas mamás había víctimas de violencia obstétrica a niveles que no quería ni imaginar. Operaciones sin que la analgesia hiciera efecto. Bebés que tenían que ir a cuidados intensivos, y no les dejaban cogerlos en brazos. Bebés que fallecían. Mamás con brazos vacíos.

Yo llegaba con mi “jo no he tenido el parto que quería, que miedo he pasado” y me di un golpe enorme contra la realidad.

Tampoco voy a ningunear mis sentimientos y emociones, son tan válidos como los de todas esas mamás. Pero ese momento en el que empecé a leer y llorar, y seguí leyendo y llorando, abrazando a mi bebé, y llorando más. Ese momento se destapó mi tubería.

Me alegra no ser tú: culpa y miedo.

Cuando mi hermana murió yo acababa de cumplir los 20, ella no llegó a los 17. Año y medio después del cáncer nos quedábamos sin ella.

Tuve la suerte de que nos ofrecieran acompañamiento psicológico, la misma psicóloga que había apoyado a mi hermana durante la enfermedad. Me costó algunas sesiones pero al final acabé hablando con ella de un sentimiento que me carcomía por dentro:

Me siento mal. Porque prefiero que se haya muerto ella en vez de yo.

Así soy de egoísta. La misma persona que te habla de respeto y de feminismo. Que vomita arco iris en Instagram con las fotos de su bebé dijo esa frase.

Ella era una adolescente llena de energía, que vi consumirse poco a poco. Llorar de malestar y dolor. Sufrir con las pruebas médicas. Culparme porque no era compatible mi médula y ni siquiera le servía para eso. Y al final, sentía alivio de no haber tenido que pasar yo por todo aquello. De haber tenido la suerte de que el destino no me eligiera a mi. Porque me podía haber tocado. Pero no.

Mis padres se hubieran cambiado por ella sin dudarlo.

Es muy duro hablar de esto, porque es tabú. No puedes valorar tu vida por encima de otras. Tienes que sacrificarte.

Pero nada de lo que yo dijera iba a cambiar la situación. No era algo que yo hubiera influenciado, ni decidido. Aunque quisiera cambiarme no habría podido. Y plantearnos estas posibilidades, sentirnos culpables por ellas, solo hace daño.

Por eso duele empatizar contigo.

Con mi droga hormonal y mis gafas maternales, que me revuelven cada sentimiento y lo multiplican por mil. Duele. Mucho.

La pena y el sufrimiento ajeno son terribles. Más aún cuando siento que no puedo hacer nada. Cuando me doy cuenta de que he estado ignorando todo ese dolor mucho tiempo.

Al comenzar con este blog descubrí a muchas madres, padres y familias. Cada una con su historia. Y tomé una decisión.

Voy a dejar que me llegue todo.

  • Voy a vivir ese dolor. Sin locuras, sabiendo donde están mis límites emocionales.
  • Voy a vivir ese amor. Quiero nutrirme de esa fuerza y resiliencia. Ese “la vida sigue”.

Quiero conocer más de lo que hay a mi alrededor, más historias a parte de la mía, más familias, más niños, más niñas, más posibilidades. Voy a empujar las paredes que delimitan mi mundo, probar gafas nuevas.

De vez en cuando algo dolerá un montón y me haré una bolita y lloraré. Abrazaré a mi bebé, me sentiré afortunada, me sacudiré lo malo y seguiré adelante.

Aunque duela empatizar contigo.