Explicar la depresión, con una metáfora

Explicar la depresión es tan difícil como entenderla, incluso para quienes la padecemos. Hay muchas formas de hacerlo y cada persona puede sentirse identificada con una particularmente.

Todo empieza con un día en la playa…

Es como si te estuvieras ahogando en medio del mar a la par que se espera de ti que nades hasta la orilla, esa que no sabes hacia donde ni cómo de lejos está.

Es un día soleado y estás tan tranquilamente en la orilla del mar. A tu alrededor la gente ríe y está contenta. Te decides a meterte en el mar para darte un pequeño baño, te gusta nadar así que seguro que será divertido.

Nadas un rato alejándote de la orilla, saludando a otras personas que te cruzas, disfrutando del agua fresca y su sensación. Poco a poco empiezas a sentir algo de cansancio, pierdes ese entusiasmo que tenías y decides volver a la orilla. Empiezas a nadas sonriendo a la gente que te cruzas, para que no se preocupen, tampoco tienes tanto cansancio.

Y de repente parece que la orilla en vez de acercarse se aleja cada vez más… hasta que desaparece de la vista.

Y entonces se va sol…

Sin sol solo quedan nubes grises en el cielo. Sin saber cuánto tiempo ha pasado luchas por mantenerte a flote, mientras la fatiga se hace notar. Lo único que quieres es hacerte una bolita en tu cama seca y calentita, lejos del mundo. Una ola de agua helada te golpea en la cara llevándose el poco calor que te quedara. Los brazos y las piernas cada vez pesan más y más, duelen y queman. No sabes cuánto más vas a poder seguir así, pero tienes que intentarlo, no quieres darte por vencido. Y buscas con la mirada en el horizonte desesperadamente un resquicio de tierra.

Entonces lo sientes, te estás hundiendo como si algo alrededor de tu tobillo tirase de ti hacia el fondo del mar. Intentas flotar, permanecer con la cabeza fuera del agua, luchas, para vivir, para sobrevivir, pero no te queda mucha más energía. Te sumerges mientras los ojos te pican por culpa de la sal del mar. Sigues moviendo los brazos intentando salir, clavando los dedos en el agua como si pudieras empujarte hacia arriba. Los pulmones queman esperando un poco de oxígeno que no llega mientras se niegan a soltar el último aliento.

De repente te dejas ir, todo se vuelve oscuro y balbuceas tus últimas palabras en el fondo del mar sabiendo que nadie jamás las escuchará…

“Creo que necesito ayuda”

Tú si las escuchas, te llegan y dentro del pánico que sientes en cada fibra de tu ser sientes algo de energía.

En el fondo del mar…

Consigues volver a la superficie, tragando todo el aire que puedes, agradeciendo cada pizca de oxígeno. Miras a un lado y otro, sigue sin haber signos de tierra. Sientes la tentación de volver a dejarte llevar por el mar. Cierras los ojos, deseando que todo sea un sueño, piensas en la playa y el sol… Finalmente eliges una dirección: mantienes los ojos abiertos, dudas, te cuestionas si habrá sido la decisión adecuada. Consigues lentamente mover tu cuerpo exhausto a través del agua y las olas hacia la dirección en que deseas que esté la orilla. Tu casa.

En el camino encuentras botellas con mensajes de aliento y algunas maderas que puedes utilizar para flotar. También encuentras a otras personas intentando llegar a la orilla, a su casa. Te cruzas con olas gigantes que amenazan con devolverte de nuevo al fondo del mar. Te cansas de nuevo, el pánico que te había llenado de energía se ha convertido en algo helado que congela tus extremidades, sientes todo el cansancio acumulado. Paras un momento, intentando recuperar el aliento, preguntándote cuánto camino queda por delante. Siempre con la tentación de dejarte mecer en el fondo del mar para ser por fin libre.

… y sobrevives.

Miras hacia atrás calculando todo lo que has nadado hasta ahí. Aunque parece una distancia insignificante, estas mejor que donde estabas. Echas a nadar de nuevo con los ojos puestos en el horizonte, sin saber cuánto más tendrás que nadar.

Estás donde te encuentras ahora mismo porque has sobrevivido a tus peores días. Esos en los que no tenías fuerzas para nadar. Aquél en el que pediste ayuda en el fondo del mar, cuando pensaste que no iba a llegarte ni una gota de oxígeno más, sin nadie para ayudarte.

Estás aquí, has sobrevivido al 100% de tus peores días, sigue nadando.