Cuando pego a mi hijo

Cuando pego a mi hijo me siento la peor persona sobre la faz de la tierra.

¿Cómo puedo decirle que lo quiero tanto y luego hacerle algo así?

He escuchado muchos motivos, razonamientos, excusas y explicaciones tras un azote fortuito, un manotazo o un cachete. También me los he dado a mi misma y se los he dado a otros. No soy ajena a la violencia que ejercemos contra los más pequeños.

He pegado a mi hijo. Y no quiero volver a pegarle, pero no sé si lo repetiré en el futuro.

Pego a mi hijo y el mundo se detiene.

¿Cómo eres capaz?
¿Por qué le haces daño?
¿No te das cuenta de que es muy pequeño?

Me juzgo.

Al igual que he juzgado a mil otras madres y mil otros padres por hacer lo mismo. Cuando lo han hecho otros me han parecido monstruos, inmaduros, incapaces de gestionar sus emociones, casi trogloditas. Ahora lo hago yo y no me puedo perdonar, al igual que no se lo perdoné a todos ellos.

No es por él.

Cuando pego a mi hijo es por mi. Por mi falta de control, mis miedos, mi angustia, mi mochila… Y soy yo la responsable de la situación, la que se supone que sabe cómo actuar. Pero no lo sé.

Nadie me ha enseñado a gestionar lo que me bulle por dentro. Ni en mi familia, ni en el colegio. No es algo de lo que se hable. Debes saber hacerlo de forma natural. Ni si quiera está bien visto decir que no sabes o que estás buscando a alguien que te oriente.

No estoy fuera de mi.

Cuando pego a mi hijo estoy dentro de mi, muy dentro, tan dentro que no soy capaz de verlo. Pierdo el rumbo y solo estoy yo con mis emociones, mi ira y mi violencia. No hay hueco para él en la ecuación. Lo saco de un golpe.

No me convierto en un monstruo, sigo siendo yo.

Veo el miedo en sus ojos, y el dolor. Porque mamá hace cosas que no entiende. Yo tampoco lo entiendo.

Es más fácil culpar a un monstruo, algo imaginario e invisible que no soy yo. Es más difícil aceptar la responsabilidad.

Cuando pego a mi hijo no estoy poseída. Sigo siendo yo con todas mis capacidades. Y soy responsable de todo lo que hago y lo que digo. Si no lo soy yo, ¿cómo puedo pedirle a él que lo sea?

Pego a mi hijo.

Y no me siento orgullosa de ello. No quiero hacerlo. Pero no puedo prometer que no se vaya a repetir, y eso es lo que más me entristece. Ser consciente de mi falta de control. Saber que él sufrirá daño en mis propias manos es muy duro. No puedo prometer que no pasará nunca más.

Hijo, te prometo:

  • Aprender a gestionar mis emociones, y en el proceso ayudarte a aprender de las tuyas. Aprendamos juntos.
  • No culpar a nadie si vuelve a ocurrir. Sobre todo no culparte a ti.
  • Ser más responsable. Porque la responsabilidad me hace fuerte, tener el poder de decidir. Dejarte ser responsable.
  • Transformar ese “pegar” en algo positivo. No convertir un manotazo en un grito, ni en etiquetas o amenazas.
  • Entender que esta es mi decisión adulta y que tú puedes pegarme porque aún estás por llegar al mismo punto que yo. Ayudarte a llegar.

Y sobretodo, quererte a cada paso que demos juntos en esta dirección, que creo, sinceramente, es la correcta.

– Mamá.