El nacimiento de Loki: postparto y SEPT

El postparto es una etapa bastante desconocida. Cada vez se habla más de ello, pero sigue siendo un poco tabú. Tras el nacimiento ponemos todo nuestro interés en el recién llegado y nos olvidamos de la mamá.

Si ya se habla poco, hoy os quiero mostrar una cara especialmente invisible del postparto, que me toco vivir. Durante los dos primeros meses, algo más que la cuarentena, experimenté una ansiedad continua que empeoraba por las noches.

Del parto al postparto con ansiedad.

Mi parto tuvo unos pródromos bastante largos y que después de tanto tiempo las cosas se aceleraron y en menos de 2 horas pasé por monitorización, epidural y cesárea.

El día que decidí que nos íbamos al hospital y me quedaba allí había pasado toda la noche en la bañera, pasando las contracciones al son del agua caliente y deseando que pasara el tiempo. No conseguí dormir nada y cuando, de puro cansancio daba una cabezada me despertaba el dolor. Esta situación me llevó a un ataque de ansiedad y después un dolor de cabeza horrible.

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Llegué a este punto muy cansada, con sueño y estrés. Mirándolo desde ahora, un año después es fácil saber qué necesitaba. Necesitaba dormir sin dolor unas horas. Loki no iba a llegar en ese estado de estrés, apenas dilaté en esas 24 horas en el hospital. No sé si la epidural habría sido la solución, o un calmante, quizás otra cosa. No soy médica, ni ginecóloga ni matrona. Pero necesitaba algo que nunca llegó.

El cansancio y el estrés solo se fueron acumulando hasta el momento de la cesárea de urgencia. Durante la operación, en la que yo estaba consciente creo que fue el pico más alto de estrés, pensamientos y sensaciones que he tenido en mi vida. Desde miedo a perder a Loki “ahora no, no hemos podido llegar hasta qui para perderte ahora” pasando por el alivio de tenerlo en brazos y de repente temer por mi propia vida al darme cuenta: “me están operando, estoy abierta en una camilla, no quiero morir, quiero disfrutar de mi bebé”.

El postparto inmediato en el hospital.

Llevaba varios días sin dormir, pero cuando tuve a Loki en brazos se me pasó todo el sueño. Una vez nos subieron a la habitación y llegaron algunas visitas el subidón desapareció y tanto el peque como yo hicimos algunas siestas intermitentes. El mismo día de la cesárea, por la tarde me levanté y me duché. Las drogas en el hospital son muy efectivas, y después de mi sentimiento de inutilidad durante el parto quería “recuperarme” ya para poder hacerme cargo del bebé yo sola.

En el hospital no tienes que cocinar y no hay que limpiar. Para cualquier duda o problema tienes a profesionales de la salud a unos pasos de distancia. Todo es perfecto.

Si, hay cosas molestas como las visitas que no saben cuando tienen que irse, tenía algo de dolor y estaba cansada. Pero mi bebé estaba bien y cada vez que lo veía en los brazos de Natsu me moría de amor.

El postparto en casa.

Llegar a casa fue una bofetada de realidad. Estaba todo hecho un desastre, tal cual lo dejamos. Si ya con la barriga era difícil dejar la casa apañada, los días antes con el dolor de las contracciones ni me esforcé. Llegar a casa con un bebé en brazos, cansancio, calor y ver que para sentarme en el sofá necesitaba recoger… fue la bienvenida al posparto real.

Llegó la primera noche y me di cuenta de que algo no iba bien. Era de noche, mi bebé recién nacido dormía y yo no podía dormir. Tenía sueño pero no podía cerrar los ojos. Si los cerraba y  me quedaba dormida empezaba a soñar con el parto y lo revivía una y otra vez en sueños.

El dolor de las contracciones, el pitido de los monitores con la bradicardia de Loki, miedo, el bombeo de mi corazón a tope, la carrera hasta el quirófano, estrés, frío, la visión de la sangre y mi reflejo en la lámpara, temblores, manos dentro de mi, Loki fuera, feliz, ¿ha acabado?, siguen haciendo cosas, quedo yo, miedo, quiero estar con mi bebé.

Una y otra vez, en bucle, cada noche. Me despertaba llorando de la angustia, sin poder respirar.

Acabamos durmiendo con las luces encendidas, de modo que si me quedaba dormida y me despertaba de la pesadilla pudiera saber que estaba en casa, no en el quirófano.

Ni dormida ni despierta.

Intenté hacer respiración y relajación, pero era justo lo mismo que hacía en el paritorio intentando relajar los músculos y mejorar el dolor de las contracciones, así que al final me daba más ansiedad.

Todo me recordaba al parto, me llevaba a esa situación y la revivía, sin saber que ya había pasado. Cada vez que lo soñaba, pensaba que estaba ocurriendo de nuevo, sentía el miedo y el peligro. No sabía que ya estábamos seguros y sanos en casa.

Cuando estaba despierta no hacía más que darle vueltas al parto, los días anteriores, la estancia en el hospital… cuestionándome constantemente cada decisión tomada. Pensando cuál fue el paso en falso que me llevó a la cesárea de urgencia:

¿Había sido la epidural? Ahí fue cuando perdimos el latido. ¿La rotura de la bolsa? Eso me llevó a la epidural y empeoró todo. ¿La inmovilidad? Sabía que si no me movía había más probabilidades de parto instrumentalizado. ¿Pedir quedarme en el hospital? Debía haberme quedado en casa y aguantado más. ¿La maniobra de Hamilton? Tenía que haber gritado o algo para impedirlo.

No paraba de preguntarme constantemente cuándo la había cagado. Qué podía haber hecho para evitar la cesárea. Sentía una culpa inmensa.

Revisé los informes de las últimas semanas, los monitores, todos los papeles sobre el parto y la estancia en el hospital. Investigué en Internet las palabras que no entendía, buscando ese fallo que se me había pasado por alto.

Buscando nombre a lo que me pasa.

Para conseguir ponerle nombre a lo que me pasaba tuve la suerte de contar con Apoyo Cesáreas, donde me sentí muy arropada.

Otras mamás con partos instrumentalizados y peores que el mío también estaban pasando por lo mismo que yo. Me pasaron un link que hablaba sobre el SEPT. También conocido como Síndrome de Estrés postraumático (PTSD en inglés).

Con ese nombre y el listado de síntomas resonando en mi cabeza decidí hablar con con una amiga que se dedica a la psicología clínica y le conté lo que me pasaba. “Tienes un TEP de libro” me dijo. Y desde ahí, con un nombre fue más fácil trazar un plan.

Hoja de ruta para dejar atrás el SEPT.

Yo no pasé por una consulta porque me daba vergüenza. Me quedé con la opinión de una amiga (que era una profesional también, pero no me dio un diagnóstico como debe ser) y con listados de síntomas de Internet. Si has llegado hasta aquí y te sientes identificada, no hagas lo mismo. Busca ayuda. Un profesional, o veinte, los que necesites.

No te enfrentes sola, no merece la pena.

Después del apoyo recibido en Apoyo Cesáreas durante los primeros momentos de mi postparto decidí irme del grupo. Leer a las demás mamás reavivaba mis recuerdos, las historias peores que las mías alimentaban mis miedos y además me llenaban de culpa por sentirme así, a pesar de tener un bebé “bueno y sano”.

Luego hablé con mis amigas y madres cercanas, y les conté como me sentía. Les conté que no dormía y que no era culpa del bebé. Hablé de mi parto una y otra vez, hasta que sentía que se cansaban de escucharme. Y cuando lo necesitaba de nuevo seguía con parto. Nunca me negaron la escucha ni el tiempo, aunque me sentía fatal monopolizando la conversación.

Natsu fue aliado y enemigo a la vez. Hablé con él sobre el parto mucho, muchísimo… pero él también tenía su propia experiencia. Él se quedó solo en el paritorio esperando el “veredicto”:

¿Volveríamos los dos? ¿Alguno? ¿Había pasado de estar inmensamente feliz de que fuera a llegar su bebé tan esperado a perdernos a ambos?

Nuestras experiencias fueron distintas y parecidas. Opuestas y complementarias. Si yo necesitaba hablar, investigar, leer y preguntar él necesitaba cerrar la puerta y tirar la llave.

Hablar con los profesionales médicos.

Necesitaba que los médicos que me habían atendido me dijeran que no había habido ningún fallo. Que los partos son así, que no era mi culpa nada de lo que había sucedido. Escribí a la misma dirección a la que mandé mi plan de parto, con esperanza nula en recibir respuesta.

Buenas tardes,

Quería agradecer la atención y el acompañamiento de los profesionales del centro en el nacimiento de mi bebé Loki el pasado 27 de junio.

Me gustaría saber si es posible tener una cita con alguien del hospital para revisar mi historia clínica y los informes del parto ya que, aunque todo salió bien, terminó en una cesárea de urgencia.

Estoy contenta con el trato recibido pero, quizás por la rapidez de la intervención y la carga hormonal del momento desde entonces tengo problemas para dormir y me han recomendado hablar del procedimiento con un/a especialista.

Muchas gracias por atender mi petición.

Saludos,
Lucy Chibimundo

Pero la recibí, tan solo 10 días más tarde, me llamaron por teléfono para concertar una cita en la semana siguiente.

Visitando los paritorios con mi bebé fuera.

Natsu se volvió aliado de nuevo y me acompañó en esta visita para curarme por dentro. Entramos por urgencias hasta los paritorios, con nuestra “cita médica”. En la sala de espera de paritorios se oían los monitores de las habitaciones pitar, y me eché a llorar del agobio. No era consciente de lo mucho que me movilizaba emocionalmente todo lo relativo al parto, hasta ese momento. Verme allí, sana, con mi bebé sano, y que el pitido de los monitores me provocara un llanto imparable me sorprendió.

Después de casi dos meses sufriendo, con miedo, angustiada… ese momento fue el que hizo que me saltara la alarma de: estás mal.

Salió la ginecóloga a por nosotros y estuvimos en su despacho hablando. Revisó los informes del parto. El embarazo había sido normal, el comienzo del parto había sido muy lento… mis contracciones más intensas y largas, cada embarazada somos diferente. La rotura de bolsa estaba indicada, la postura para poner la epidural hizo que perdieran el latido, pero no produjo la bradicardia.

Y entonces me dijo algo que me cambió la perspectiva:

Los médicos tenemos que decidir con la información que tenemos en el momento. La bradicardia en el monitor podía no ser nada o podía poner en riesgo la vida de tu bebé. Ante el riesgo, el ginecólogo decidió que lo mejor era realizar una cesárea de urgencia.

Y de esa forma consiguió aliviar mi culpa, y la presión que sentía por no haber conseguido el parto que quería.

Adiós SEPT.

Al final, con el paso del tiempo, el SEPT se acabó marchando de mi vida. Fueron unos primeros meses horribles, con la carga de un recién nacido, las complicaciones de la cesárea y la presión que yo misma me puse para hacer como que todo era fácil. Jugar a ser superwoman en el postparto no es divertido.

No te voy a engañar, aunque aprendo de mis errores sigo jugando a ser superwoman constantemente. Con el yo puedo hacer todo sola. Poniéndome expectativas una detrás de otra, cada vez que alcanzo algo, a por lo siguiente. Y si no las alcanzo, peor, porque tengo la culpa muy a mano.

Si he aprendido a hablar. Y aunque todavía creo que tengo superpoderes de vez en cuando le confieso a alguien cercano que es mentira. Que no los tengo y estoy cansada y la maternidad me encanta y me supera.

Si has llegado hasta aquí, y te sientes como yo me sentí en su momento lo único que puedo hacer es darte esto:

chibimundo.digame@gmail.com

Te ofrezco mi tiempo, mis ojos para leerte, mi mente para entenderte, mi corazón para acompañarte y mis dedos para responderte.

PORQUE NO ESTÁS SOLA