Al otro lado de la puerta

Al otro lado de la puerta del hospital, como paciente en un ala especial de psiquiatría se vive de forma particular. Como ya os comenté, tanto mi psiquiatra como mi psicóloga y la médica de cabecera me recomendaron un ingreso porque mi estado estaba empeorando y temían que me hiciera un daño irreparable a mi misma.

Al otro lado de la puerta de mi mente

Cuando me recomendaron el ingreso yo no quería separarme de mi vida ordinaria en la que ya había encontrado un estatus quo y que podía hacer lo que me diera la gana cuando quisiera. No quería ver mis privilegios menguados. No quería estar encerrada. Tampoco quería abrir mi mente a gente extraña.

Pero al otro lado de la puerta de mi mente las cosas estaban muy mal, no había apenas luz y todo era oscuridad. Vivía con una fachada permanente de normalidad mientras en segundo plano miles de pensamientos me recordaban cada segundo todo lo malo de mi misma, mi situación y el daño que hago a otros estando así.

Al otro lado de la puerta del hospital.

Encontré un montón de buenos y amables profesionales. Más cariñosos y comprensivos de lo que esperaba. Más humanos de lo que he podido ver en otros centros, aunque este ha sido mi primer (y espero que último) ingreso. Un trato muy educado y cercano siempre respetando las distancias que una quisiera poner entre ellos y tú. Hay personas más accesibles que otras y siempre respetaban tu ritmo.

A la entrada revisaron mis pertenencias y hubo unas cuantas que tuvieron que ir a parar a una caja, algunas las podía pedir para usar y otras no podía usarlas bajo ningún concepto. Por ejemplo para cargar el kindle o el móvil tenía que dejarlo en la garita, no podía tener el cargador en mi habitación.

Tampoco podíamos sacar los móviles de nuestras habitaciones, aunque dentro podíamos usarlos con total libertad para llamar o mirar redes, Internet, etc… Y las visitas tenían también prohibido el uso de móviles dentro de las instalaciones, sobretodo para proteger la identidad de los pacientes ya que así no se podían hacer fotos ni vídeos.

¿Qué cosas había en mi caja?

Desde el desodorante y el champú en seco que al ser en spray no podían usarse, pasando por el cargador, hasta unas fotografías (con las puntas muy picudas), una cinta del pelo o unos bolígrafos. Las personas fumadoras también tenían guardadas en la caja su tabaco y el mechero, por supuesto.

En la caja estaban las cosas prohibidas, las que no podías usar y las que no querías tener a mano. Por ejemplo yo dejé las fotografías y los bolígrafos porque tenían bordes filosos y podía cortarme con ellos por lo que para evitar la tentación pedí que los metieran en mi caja.

 

 

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Al otro lado de la puerta de mi habitación

He pasado bastante tiempo sola en la habitación. Aunque he conocido a gente muy bonita me es difícil abrirme a los demás y más aún en un entorno de ese tipo. Soy alguien que se compara y se siente de menos con los demás. Soy así, no puedo evitarlo. No busco que nadie me diga que soy genial porque no va a cambiar mi idea.

Me llevé varias libretas que he llenado de ideas, pensamientos, reflexiones y un diario que ya compartiré en la forma en que pueda ser más de ayuda para las personas que están por ingresar en una unidad de psiquiatría.

Al final todo está roto, dentro y fuera.

Dentro del hospital todo es más fácil. Tienes unos horarios y unas rutinas. Una serie de actividades. No tienes que preocuparte por la comida o la limpieza. Las visitas se gestionan entre ellas para verte en los horarios estipulados. Todo es mucho más tranquilo y estable. Solo tienes que dejarte llevar por la inercia. El día a día.

Se hace un poco extraño, porque es un poco como el día de la marmota. Los auxiliares y psicólogos se las idean para realizar distintas actividades. De esa manera es más fácil no aburrirse. En el centro en el que he estado había gimnasio y la rutina de hacer ejercicio para mi ha sido toda una salvación para mi estado de ánimo, un chute de endorfinas y de autoestima al ver que conseguía objetivos.

Las cosas parecen menos rotas dentro… los últimos días de ingreso incluso he llegado a pensar que no tenía sentido haber ingresado. Me sentía distinta. Salir ha sido un golpe de realidad. Fuera de la burbuja la vida no se ha parado. La casa sigue teniendo que mantenerse. Alguien tiene que cuidar al niño. La baja médica sigue cada semana ahí pendiente como una condena. El trabajo.

Todo sigue igual de roto dentro y fuera, pero haber estado dentro me ha ayudado a coger fuerzas para volver fuera.