Relato: Él está cerca

Chibimundo - mujer llorando en blanco y negro

Este relato lo presenté a un concurso… pero no quedó si quiera como finalista. De todas formas a mi me gusta mucho y quería compartirlo con vosotros.

Él está cerca.

Frío. Dolor. Un corazón se parte. Descubres que tienes alma por que comienza a dolerte. Un nudo en la garganta te impide respirar. Millones de lágrimas luchan por aflorar en tus ojos y caer por tus mejillas. Debes evitarlo. Las sensaciones llegan multiplicadas varias veces por sí mismas. No entiendes nada. Simplemente quieres llorar, pero no puedes, no debes. Náuseas. Todo comienza a dar vueltas en tu cabeza. Los ojos se te nublan. ¿Qué ocurre? ¿Qué sucede?

Nada. Simplemente él está cerca.

Nadie tiene que decirte que ha llegado. Nadie te hace un gesto o una señal. Nadie te indica que está allí. Tu misma te das cuenta. Ni siquiera estás mirando hacia la puerta. Estás de espaldas. Pero le sientes. Desde aquél momento eres capaz de sentirle.

Tu respiración comienza a agitarse. Tu corazón late más rápidamente. Te llevas la mano al pecho buscando el colgante con forma de corazón y lo acaricias. Realmente el colgante no tiene nada que ver con nada, sólo necesitas ponerte la mano en el pecho para calmarte. Sabes que se acerca hacia ti por detrás. Notas sus ojos clavados en tu espalda de tal forma que casi no puedes articular palabra. Miras hacia el fondo y descubres la puerta del baño, intentas reunir el mínimo de oxígeno preciso para hablar, pero no encuentras nada que decir. Abres y cierras la boca como un pez. Sabes que él se está acercando hacia ti. Ya viene. Tus piernas se mueven solas y casi corres hasta el baño. Cierras la puerta y pones tu espalda contra ella.

¡Qué tontería! No va a entrar detrás de ti, si lo hiciera llamaría la atención, y no es típico de él. Te separas de la puerta muy lentamente, repitiendo ese pensamiento una y otra vez. “No puede entrar por esta puerta, no puede, no puede…”

Todo está oscuro, ni siquiera te ha dado tiempo a encender la luz. El vacío comienza a apoderarse de tu estómago y tienes que pararlo. Palpas la pared con las dos manos en busca del interruptor y lo accionas. ¿Qué acaba de pasar? Has huido. Y él lo sabe.

Quizás esté sonriendo y pensando en lo asustada que estás. Probablemente haya llegado hasta tu grupo de amigas y esté charlando con ellas amigablemente. Lo más seguro es que haya preguntado por ti. Como si tuviera que hacerlo.

Sólo es un chico más, piensas. No hay nada entre él y tú, ya no. Puedes seguir adelante. Ahora puedes hacer lo que quieras. Venir a esta fiesta era el principio de la libertad. Él no iba a venir, aunque sabías que esto ocurriría.

Te acercas al lavabo. Abres el grifo y mojas tu mano con el agua fresca. Te miras al espejo. No se ve nada. El reflejo asustadizo, con ojos brillantes y manos crispadas que hay al otro lado no eres tú. Nadie ve ese reflejo. Tu eres alegre, divertida, una buena chica.

Eso es lo que ven los demás y eso es lo que debes ser.

Respiras hondo, ya estás más tranquila. Hazte a la idea de salir, no vas a estar ahí dentro todo el rato. No puedes huir de él. Piensas que no deberías haberte puesto esa ropa. No deberías haberte puesto provocativa. Con la mano mojada humedeces tu nuca. El frescor te viene bien, te relaja. Respiras hondo otra vez mientras diriges la mirada al picaporte de la puerta. Tienes que salir.

De nuevo la música inunda tus oídos. Una música perfecta para bailar. Quieres hacerlo ¿Verdad? Quieres echarte a bailar, pero no lo haces. ¿Por qué? No quieres llamar la atención, claro. Le buscas con la mirada pero no le encuentras. ¿Quizás haya sido todo producto de tu imaginación? Vuelves con tus amigas que se están riendo. Con un poco de dificultad consigues recuperar la compostura y tratas de hacer como si nada hubiera pasado.

Sonríes a tus amigas. No saben nada, no podrías hablar de ello con nadie sin sentirte culpable. Estás rodeada de gente y nadie puede imaginar lo que ocurre dentro de ti. Notas como la soledad te ha dado una nueva bofetada.

De repente, ahí está él y tu sonrisa desaparece tan rápido que puede que nunca hubiera estado allí. Notas una fría mano sobre tu hombro. Antes de girarte sabes que es él. Al girarte tu mirada coincide con la suya. Miras sus ojos buscando algo que sabes que no vas a encontrar. Contienes la respiración. “¡Cálmate, cálmate!” Te repites una y otra vez. Tu corazón se agita mientras notas cada latido muriendo en tu garganta.

En un susurro inaudible dice:

– ¡Ven!

Él sonríe a tus amigas, con un gesto de disculpa y te lleva hacia no sabes dónde. Le sigues. Quizás por que estás acostumbrada a obedecer órdenes. Quizás por que es él quien te lo ordena. Quizás por que te agarra el brazo con tanta fuerza que te sería imposible soltarte.

Acabas en un rincón, la música está alta, pero la oscuridad es más intensa. Te suelta y se queda frente a ti. No vas a escapar. Él lo sabe. Te mira con sus ojos claros de arriba abajo, evaluándote mientras permaneces inmóvil. Aunque llevases el abrigo puesto te sentirías desnuda.

– Estás muy guapa.

Da igual lo que diga. Sus palabras van por un lado y sus manos por otro. Antes no lo sabías, ahora sí. Te hubiera gustado avisarte a ti misma de que esos ojos grises ocultaban más de lo que podías imaginar. Mientras te dice otro par de frases halagadoras se acerca a ti con paso firme. Das un paso hacia atrás, no lo quieres cerca de ti. Él sigue avanzando y tu espalda topa con la pared. Él sonríe, ha ganado.

– Has estado huyendo de mí. ¿Ya no te gusto? ¿No soy el amor de tu vida? ¿Harías lo que fuera porque te diera un beso?

Cada una de esas frases se la habías dedicado en alguna ocasión. Tu corazón se había regalado en cada una de ellas. Tu amor se había precipitado por tu garganta y pensaste que había caído en el saco roto de sus oídos. Pero te había escuchado, aunque fuera solo para repetirte las mismas palabras en otra ocasión.

– Ya no estamos juntos. No quiero verte más.

Debiste medir tus palabras. La rabia que tenías acumulada estalló con tanta fuerza como su mano en tu mejilla. Sabías que eso podía pasar. Sabías que eso solía pasar, incluso si no decías nada.

Su mirada lo dice todo. Está enfadado. Lo has enfadado. Él pensaba que podía volver a jugar con su muñeca cuando quisiera, y la muñeca se ha rebelado. El golpe te ha dejado la mejilla colorada, pero no sientes dolor. El miedo se ha apoderado de tu cuerpo. Pensabas que podías volver a tu vida, ser libre.

Te duele todo el cuerpo. Parece que cada herida vuelve a abrirse en este preciso momento. Las sensaciones se reducen a eso. No oyes nada, no ves nada, sólo sufres, como cada vez que él ha puesto una mano sobre ti.

– ¡Eres mía!

Sisea como una serpiente escupiendo su delicado veneno, palabras. Se meten en tus oídos y llegan hasta tu cerebro resonando como si tuvieran eco. Se comen cualquier otro pensamiento coherente, mutilan tu autoestima, hacen pedazos tu confianza. “Eres mía, eres mía…”. Cierras los ojos, no quieres que su veneno vuelva a apoderarse de ti. Te tapas los oídos con las manos, otra vez has dejado que esté demasiado cerca.

Sientes su mano fría alzando tu cara. Te obliga a mirar esos fríos y duros ojos que antes amabas. Puedes ver tu reflejo en ellos, reconoces la mueca asustadiza en tu cara. Él ve esa parte de ti. Él ha creado esa parte de ti.

Junta su cara y la tuya mientras susurra:

– Nunca dejarás de ser mía.

Y de un empujón se aleja de ti. Te quedas temblando sola en esa esquina, mientras el mundo está ajeno a todo lo que acaba de ocurrir. Intentas respirar, pero no hay oxígeno alrededor, él se lo ha llevado. Abres la boca para tomar aire, pero es inútil, no hay. Notas el corazón en las manos, en la garganta, en tu cabeza. La música desaparece, sólo puedes oír el bombeo de tu corazón, cada vez más lento. Quiere pararse. Te agarras la garganta con una mano, necesitas respirar. Cada vez ves todo más oscuro, te duelen los pulmones.

Caes de rodillas doblada sobre ti misma. Vas a morir, se ha llevado tu alma. No puedes respirar, no puedes pensar, no puedes sentir.

De repente tal como se fue, reaparece el oxígeno, entra de lleno en tus pulmones y no sabes qué hacer con ese aire. No puedes dejar de ser suya. No mientras él esté cerca. Jamás podrás huir de sus palabras, de sus manos, de sus deseos, de sus golpes…

Y en ese preciso momento tomas la decisión. Quieres ser dueña de tu propia alma, quieres ser tuya, y ninguna mala elección en el pasado puede limitar tu futuro.

Sin siquiera despedirte de tus amigas sales corriendo de aquel lugar. Necesitas dejar todo atrás, volver a ser tú, volver a ser libre, a tomar decisiones. Empezar de cero.

Aunque eso signifique dar un paso hacia atrás.

Brotan silenciosos ecos de terror en tu cabeza, resuenan todos esos miedos que hasta ahora te han hecho quedarte. No eres nada sin él, dependes de él. Tus amigas son sus amigas, tu espacio es su espacio, tu dinero es su dinero, tú eres suya. Si vuelves atrás todos lo sabrán, serás una mentirosa, todo le quieren. Nadie te va a creer.

Esta vez es diferente. Sonríes. Has tomado la decisión. Llegas precipitadamente a casa y preparas la maleta. Aún no eres del todo consciente de lo que estás haciendo, pero sabes que este es el primer paso para terminar con todo.

Exhausta, con el cuerpo empapado por la lluvia y una maleta en la mano llamas al timbre. Tu madre abre la puerta y piensas que tienes suerte, aún tienes 20 años y toda una vida por delante.

5 Replies to “Relato: Él está cerca”

  1. ¡Brutal y al hueso!
    Me ha encantado y durante todo el relato he sentido la tremenda angustia y pavor de la protagonista. Escribir desde el narrador de la segunda personal singular es muy potente para poner al lector en los zapatos del personaje.

    Lo compartiré.

    ¡Saludos desde Alemania!

    1. Era la intención, me alegra haberlo conseguido 🙂

  2. Persevera, el camino es interesante.

  3. Guau! Un relato que te pone los pelos de punta. Engancha y te hace empatizar con la protagonista, con sus sentimientos.

Deja un comentario